La Prensa Libre

Culiacán intenta recomponerse tras duras balaceras

Culiacán intenta recomponerse tras duras balaceras

Culiacán intenta recomponerse tras duras balaceras
noviembre 07
00:00 2019

CULIACÁN, México (AP) — En un terreno del gobierno a las afueras de la ciudad de Culiacán, en el noroeste de México, hay en torno a una docena de vehículos calcinados, incluidos un auto patrulla, una camioneta militar y un tráiler. Todos quedaron fuera de servicio tras un reciente y aterrador tiroteo entre miembros de una banda de narcotraficantes y las fuerzas de seguridad mexicanas.

En el céntrico distrito donde se produjeron las peores escenas de violencia se han cambiado las ventanas reventadas y tapado los agujeros de bala en restaurantes, tiendas de alimentación y una vivienda donde se cree que se había refugiado el hijo de un conocido capo de la droga.

Las cicatrices físicas de las balaceras del 17 de octubre, ya conocido como el “jueves negro” por los habitantes de Culiacán, la capital del estado de Sinaloa y feudo del cártel de Sinaloa que dirigió durante años Joaquín “El Chapo” Guzmán, empiezan a sanar. Pero los vecinos aún intentan asimilar el peor brote de violencia del narcotráfico en la memoria reciente.

Trece personas murieron, incluyendo al menos tres civiles atrapados en el fuego cruzado. Más de una semana después, es de lo que habla todo el mundo, desde las conversaciones de taxi a los editoriales en prensa, mientras la ciudad de 800.000 habitantes intenta retomar su vida.

“(Para) la gente aquí en Culiacán, es una psicosis de que en cualquier momento pueda volver a pasar”, dijo Marco Castillo, de 52 años, que trabaja en el sector transportes, en la terraza de un restaurante ante el que se produjo la balacera. “Al nivel social te va a dejar una cicatriz que va a estar marcada por toda la situación que ha vivido Culiacán”.

La ciudad, situada en un valle interior entre las playas del Golfo de California y las plantaciones de marihuana de la cordillera de la Sierra Madre Oriental, acoge a importantes exportadores que venden cosechas como tomates, chiles y berenjenas en Estados Unidos. Es una ciudad de baja altura con pocos rascacielos y un centro histórico lleno de minibuses oscuros y familias paseando los fines de semana para ir de compras.

Sinaloa ha sido territorio de “El Chapo” durante unas tres décadas desde que se fundó el cártel, y ha visto tiempos oscuros. En 2011, en un momento de alta tensión en la guerra contra la droga en México, casi 2.000 personas fueron asesinadas. Pero los homicidios han ido bajando últimamente, con apenas 695 este año hasta septiembre, en comparación con los 1.202 de todo el año pasado.

De modo que si bien la gente se acostumbró hace mucho al crimen y las balaceras -en su mayoría, entre delincuentes locales- los tiroteos del 17 de octubre fueron una conmoción. Cientos de hombres con armas de gran calibre bloquearon 19 intersecciones clave y puentes, prendieron fuego a vehículos y convirtieron el paisaje de la ciudad en algo más parecido a una zona de guerra, con el sonido seco de los disparos y columnas de humo que se alzaban hacia el cielo.

Ante la agresiva respuesta a la fallida operación que arrinconó a Ovidio Guzmán, las autoridades federales ordenaron una retirada y el hijo de “El Chapo” pudo escapar.

Pero para cuando remitió el caos, los residentes llevaban horas escondidos en casas, centros comerciales y concesionarios de autos mientras las balas volaban a su alrededor. Delante de un lavadero de coches donde murieron dos personas, aún se veía un reguero de pequeñas gotas de sangre en el muro exterior blanco.

El trabajador del lavadero Arturo González Verdugo, de 18 años, dijo que también temía que pudiera volver a ocurrir, y que la gente de Culiacán está resignada a vivir con la violencia.

“Yo creo que están acostumbrados ya (…) a que hay gente mala”, comentó. “Eso no se olvida, no creo que se olvide”.

Las autoridades han establecidos seis controles de seguridad en los principales accesos de la ciudad que funcionan sin descanso para buscar armas o contrabando. En uno de ellos, junto a una prisión de la que escaparon unos 50 reos durante el caos, soldados y policías dieron el alto durante el fin de semana a dos jóvenes en un Cooper Mini con ventanas tintadas y placas de fuera del estado. Se asomaron al interior e hicieron que el enojado pasajero saliera y abriera una mochila.

Vestido de negro de la cabeza a los pies, con casco y un grueso chaleco de protección, un policía que no estaba autorizado a informar a los medios de forma oficial dijo que suponía que los controles se quedarían donde estaban una temporada. Los responsables locales de seguridad no respondieron a peticiones de entrevistas durante el fin de semana.

Hay algunos indicios de vuelta a la normalidad. Cientos de personas salieron el sábado a cenar y escuchar música en vivo en una calle que da a la plaza principal, y que cierra al tráfico rodado por la noche.

El gobernador de Sinaloa, Quirino Ordaz, dijo que el turismo y las inversiones n se habían visto perjudicados por las balaceras, que fueron noticia a nivel internacional, y añadió que había una iniciativa en marcha para mejorar la imagen del estado.

“Es un trabajo de equipo”, dijo Ordaz en declaraciones citadas por el diario El Noroeste. “Estamos en la calle, está yendo muchísima gente en las plazas, los centros comerciales. Al contrario, creo que los sinaloenses están mostrándole al mundo esa gran capacidad de seguir adelante”.



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Associated Press

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