Amor sin fronteras

José López Bribiesca

JLOPEZ@NWAONLINE.COM

 

Sólo en un país de inmigrantes puede esto suceder, cada vez más a menudo: parejas de países diferentes que se enamoran en EEUU.

Para celebrar el mes del amor y la amistad, La Prensa Libre les presenta dos historias de parejas cuyas diferencias culturales se borran ante el gran amor que se tienen.

 

RAFAEL Y BRICELI

Briceli Gil García siempre temió casarse a ciegas con un primo o pariente lejano.

Viniendo de una enorme familia de un pueblito de Michoacán, México,  había validez en la preocupación de la oriunda del sur de Florida.

Afortunadamente para ella, un joven puertorriqueño cruzaría su destino a finales de 2008 en las discotecas de Tallahassee, Florida.

Gil, entonces estudiante de la Universidad de Florida State, conoció a Rafael Llavona, quien visitó de la Universidad de Armstrong Atlantic State en Savannah, Georgia.

Los dos tuvieron que gritar para comunicarse a través de la música fuerte, pero inmediatamente conectaron al hablar de filosofías y personajes latinoamericanos.

¿Sabía Llavona que se enamoraría de alguien de otra cultura?

“Sí, pero pensé que iba a ser una blanca porque mis novias siempre fueron de piel blanca, rubias, ojos azules”, reveló. Sin embargo, la morena Gil era todo lo contrario, y la afinidad mutua destacó.

Los Llavona se casaron en 2011 y recientemente se instalaron en Fayetteville, encontrando trabajo en la Universidad de Arkansas.

Tras convivir con sus suegros boricuas, quienes la llamaron “hija” de inmediato, Gil pudo apreciar la alegría que predomina en la cultura de su esposo.

“Mucha de la música ranchera o de mariachi es bien deprimente. Lloran, y que con la tequila, y que pena tras pena”, apuntó. “Pero ellos son bien alegres y les gusta bailar. Y cualquier sonidito, empieza otro sonidito. Y otro. Y otro. Y empieza la banda. Y luego empieza uno a cantar”.

 

BORIS Y CATHY

Boris Bogomílov nació en la Unión Soviética, y su madre judía siempre esperaba que su hijo se casara con una chica judía.

Pero después de haber sido cautivado por la novela “Shogun” de James Clavell, Bogomílov sintió más afinidad hacia las mujeres asiáticas.

Creció en Bulgaria, recibió su título médico de la Universidad de Medicina de Varna y realizó su residencia en la Universidad Estatal de Nueva York en Brooklyn. Fue allí donde, en 1997, conoció a la mujer asiática de sus sueños, otra joven residente llamada Cathy Luo.

Ella vino de la Universidad de Ciencias Médicas de China Occidental de Chengdu, en la provincia de Sichuan. Las diferencias geográficas y culturales entre los dos no fue ningún problema, pues ambos encontraron terreno común y atracción mutua inmediatamente.

“Lo que creo que realmente nos unió fueron nuestros valores muy comunes”, comentó Bogomílov. “Creemos en la educación, el trabajo duro y la honestidad. El resto es secundario”.

Además, ambos nacieron bajo similares climas políticos, económicos y sociales.

“Él creció en Bulgaria, un país comunista. Y en China, aprendimos de los mismos libros escolares”, apuntó Luo. “Mientras que él aprendió la versión búlgara, yo aprendí la versión china, pero ambos aprendimos de la misma clase de gente”.

Pero Bogomílov bromea que no está de acuerdo con esta declaración de su esposa.

“En Bulgaria, consideramos que los chinos son maoístas, y nosotros somos leninistas. Así que no creo realmente que los chinos practicaban el comunismo verdadero. Pensamos que nosotros somos los verdaderos seguidores de Marx y Engels”, manifestó, causando risitas de ambos.

Ahora son médicos reconocidos en el pueblo democrático y capitalista de Fayetteville, Luo se especializa en el tratamiento del dolor y la rehabilitación, mientras que Bogomílov practica cardiología y electrofisiología.

Son los orgullosos padres de tres niñas que están creciendo con tres herencias diferentes y que se les anima a hablar en ruso, chino e inglés en casa.

CONFLICTO ALIMENTARIO

Mientras que estas tres parejas se llevan muy bien, la pequeña fuente de la discordia está en la cocina de los países opuestos.

“A Cathy le gusta la comida realmente picante, pero a mí no”, dijo Bogomílov. “A ella le gusta el estilo szechuan, y a mí me gusta más el estilo cantonés”.

Llavona tampoco se puede acoplar al picante mexicano.

“Es diferente a la comida puertorriqueña, es más ‘enchiloso’, palabra mexicana”, expresó.

En el Noroeste de Arkansas, Llavona casi no encuentra los productos puertorriqueños que abundan en la costa este, y Gil todavía se está ajustando preparando platillos que contengan bananos.

Uno de los primeros casos de choque cultural para Gil fue cuando su suegro le ofreció “jugo de china”.  Le tomó un momento para darse cuenta que le ofrecía jugo de naranja.

Por lo tanto, Llavona bromeó que cuando tengan hijos, ella les hablaría en español mexicano, pero él les “enseñaría el español correcto”.

Sin embargo, ambos están de acuerdo en que el objetivo principal será la enseñanza de los valores familiares que les ayudaron a unir sus vidas sin importar las fronteras que tuvieron que cruzar para encontrar el amor.

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