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Enfermedad de Chaga puede dejar secuelas largas y silenciosas

Por Erin Loury/ Los Angeles Times

LOS ANGELES — La carta con las noticias llegó pocas semanas después de que Maira Gutierrez donara sangre por primera vez en 1997. La Cruz Roja había rechazado su sangre. Había un número al cual llamar.

Gutierrez dejó un mensaje, y esperó en agonía durante tres días una respuesta, temiendo que tenía VIH. La verdad resultó ser más confusa que aliviadora: ella tenía algo llamado enfermedad de Chaga, un mal del que nunca había escuchado, que se contrae por la picadura de un insecto que contradictoriamente se llama “kissing bug,” o chinche besucón.

Un pamfleto de la Cruz Roja le decía que la enfermedad parasitaria podría ser fatal — podría pararle el corazón. Pero los doctores a los que acudió no supieron cómo ayudarla o tratar la enfermedad.

Físicamente, Gutierrez se sentía bien. Luego de meses de estrés y preguntas sin resolver, decidió dejar todo atrás. Pero por más de una década, sabiendo su condición y que portaba un parasito mortal, cayó en cuenta de su verdad.

Luego, una noche en 2008, su hermana la llamó, frenética. La enfermedad de Chaga estaba en las noticias.

 

Chaga está en
todo el mundo 

Chaga afecta a un estimado de 300,000 personas en este país y cerca de 13 millones a nivel mundial, principalmente en latinoamérica, donde es la principal causa de muerte por falla cardíaca.

La mayoría de los portadores en los Estados Unidos son inmigrantes que contrajeron la enfermedad en zonas probres de Bolivia, México o centroamérica, donde los chinches besucones habitan en las zanjas y orificios de las casas. Los chinches muerden (pican) los rostros y labios de las personas mientras duermen y arrojan las heces de un parásito llamado  Trypanosoma cruzi. El parásito puede entrar por la herida abierta y circular por la sangre, atacando al corazón, colon y esófago.

Nadie predice una epidemia en este país, pero expertos en la enfermedad están tratando de crear conciencia, haciendo pruebas y buscando tratamiento para el Chagas, el cual puede afectar a ciertos sectores, particularmente en estados con gran población de inmigrantes latinoamericanos.

El esfuerzo es necesario porque la enfermedad puede existir y no ser detectada por décadas, dificultando su diagnóstico. Los síntomas pueden ser tan suaves como latidos del corazón irregulares o falta de aire.

Dos tercios de aquellos que han sido infectados nunca desarrollan complicaciones. Pero para cerca del 30 porciento de quienes contraen la enfermedad de Chaga, puede causar complicaciones serias, generalmente destrozando silenciosamente el músculo del corazón.  A la mayoría de los doctores americanos no se les ocurre hacer una prueba de la enfermedad, negando potencialmente tratatamiento que le podría salvar la vida a miles de personas.

La enfermedad puede causar ataques cardíacos y fallas en el corazón en personas tan jóvenes como de 30 años. “Tu corazón se vuelve una bolsa gigante e inefectiva,” aseguró el  cardiólogo Sheba Meymandi, director del programa de tratamiento contra la enfermedad de Chaga en el centro médico Olive View de la Universidad de California en Los Ángeles, la única de este tipo en la nación. Cerca de 1 de cada 100 inmigrantes latinoamericanos a los que el centro les realiza la prueba, dan positivo en la enfermedad.

Los insectos portadores del parásito viven en la parte sur de los Estados Unidos, pero solo ha habido nueve casos confirmados de personas contagiadas por insectos en este país desde 1955.

Aún así, dice Meymandi, “esta no es una enfermedad exótica. Esta es un enfermedad prevalente y que se puede tratar en nuestra comunidad. Y hasta que la gente no la tenga presente, no vamos a lograr ningún progreso.”

Los centros federales para el control y prevención de enfermedades ofrecen medicinas gratis para el tratamiento del Chaga. Pero ellos reciben sólo 50 o 60 solicitudes al año para los medicamentos, lo que sugiere que miles de casos no son tratados. “La mayoría de los proveedores de salud no piensan en la enfermedad de Chaga cuando ven a alguien que puede estar en riesgo,” asegura Susan Montgomery, epidemiologista del centro de control de enfermedades.

 

“Donde viví”

Gutierrez, de 39 años, residente de Mission Hills, creció en una pequeña población montañosa en El Congo, El Salvador, sin agua potable ni electricidad. Ella vivió con su abuela hasta los 8 años, luego inmigró a Lynwood con su hermana menor para reunirse con sus padres, quienes habían huido de su país tras la guerra civil.

El trabajar como asistente administrativa para Universal Studios llevó a Gutierrez a conocer al hombre que se convertiría en su esposo, Daniel, quien trabajaba como jardinero profesional.  Fue por su trabajo que ella supo de la enfermedad de Chaga. Ella resultó positiva luego de un exámen que le hicieron a la sangre que donó duarante un evento de  donación que se realizó en su trabajo en 1997.

El pamfleto informativo de la Cruz Roja que Gutierrez recibió explicaba que los chinches besucones transmitían la enfermedad y la propagaban en lugares de extrema pobreza, y se escondían en los orificios de techos y grietas de las paredes. Mirando las fotos del pamfleto, Gutierrez viajó en el tiempo a El Congo: “Ay, mi Dios, ahí es donde yo vivía exactamente.”

Su doctor la refirió a un especialista, quien le dijo que la Chaga no se podía tratar, dijo Gutierrez. Ella estaba confundida y con rabia – nadie podía decirle qué hacer. Eventualmente, ella decidió parar de preguntar.

Durante la siguiente década, la enfermedad de Chagas le pasó por la mente cada vez que su salud se deterioraba, cuando su hija nació dos meses prematura y cuando dar a luz a su hijo requirió de una larga recuperación.

Luego de que su hermana la llamara para decirle que la enfermedad de Chaga estaba en las noticias en 2008, Gutierrez supo del centro de Olive View y contactó a Meymandi. El doctor realizó varias pruebas del corazón y le recetó a Gutierrez una droga antiparasitaria. Ella tomó las pastillas por tres meses, régimen que le hizo perder el apetito y 20 libras de peso.

Al igual que a casi todos los que realizan el tratamiento, ella no se curó, pero el número de parásitos en su cuerpo y el riesgo de complicaciones serias se redujeron dramáticamente.

Luego de su tratamiento, Gutierrez comenzó a hablar en conferencias médicas sobre la enfermedad de Chaga desde su perspectiva como paciente. “Las personas creen que no está aquí,” dijo.

 

Infección en los
Estados Unidos

En el sur de los Estados Unidos, los chinches besucones son portadores del parásito que puede infectar a mapaches, perros, y en ocasiones a personas. Entre un 5 y 10 porciento de las veces, la enfermedad de transmisión sanguínea también se puede pasar de la madre a su hijo dentro del útero.

Desde 2007, la Cruz Roja Americana ha hecho pruebas para detectar el Chaga en los donantes de sangre. Contrario a lo ocurrido con Gutierrez, en la actualidad los donantes que resulten positivos reciben información y guía de tratamiento. Pero la Cruz Roja ha encontrado que la mayoría no van al doctor como se les recomienda.

Una manera más efectiva, asegura Meymandi, es trabajar con promotoras – miembros de la comunidad latinoamericana que proporcionan educación de salud a través de escuelas e iglesias.

Ellas también organizan ferias de salud en barrios, donde Meymandi y sus empleados recolectan muestras de sangre para hacerles pruebas de Chaga. Los participantes que resultan positivos casi siempre vienen a recibir tratamiento, dijo Meymandi.

Para Gutierrez, la sombra de la enfermedad continúa, pero vagamente. “Como que se te olvida que la tienes hasta que alguien habla del tema,” dijo.

Ella está determinada a llevar una vida normal, pero también habla con su esposo sobre sus finanzas, la educación superior de sus hijos y cuando él podría volverse a casar – por si acaso. “No sé cuanto tiempo me quede,” comentó. “Podrían ser 50 años, pero no tengo certeza.”

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