La Prensa Libre

Una historia de supervivencia

diciembre 01
13:00 2011

Amber Mills

Es sábado en la mañana y afuera hay tormenta, tal como ocurría aquella noche hace 22 años, el 2 de septiembre de 1989. Disculpen si aún se me escapa alguna lágrima, pero es que aún pienso en eso. Enfrentaré las consecuencias por siempre.

Era la primera semana de mi último año de universidad. Estudiaba periodismo. Mi promedio iba subiendo y mi hija de cuatro años estaba muy bien. La vida era buena. Una noche, después del trabajo, me fui a un night club para divertirme un rato, pero a medida que transcurría la noche la diversión se convirtió en ira y confusión.

Muchas cervezas pueden llevarlo a uno a hacer cosas tontas y extrañas. Mi hermana y yo peleamos, así que me la llevé y la dejé en un lugar que ni siquiera recuerdo. Mi novio se había dormido en el asiento trasero del auto. Así que yo, borracha y feliz, tomé el volante para ir a recoger a mi hermano.

“Me gustaría que esta carretera no tuviera tantas curvas”, pensaba yo mientras escuchaba a Bono en la radio en mi nuevo Mazda. “Aún no he encontrado lo que estoy buscando…”, cantaba. En ese momento perdí control del volante. Mi carro se pasó al carril contrario y me estrellé contra un árbol. Mi cuerpo saltó hacía el otro lado del auto y mi cabeza se sacudió contra el vidrio del lado del pasajero.

La siguiente cosa que recuerdo fue estar en la cama de un hospital en el Centro de Rehabilitación de la Universidad Bautista de Little Rock. “Hola mami,” recuerdo oír a mi pequeña decir. Me dio un beso y un abrazo. Ella estaba con mi mamá. Me llevaron afuera en mi silla de ruedas, y mi mamá empezó a explicarme lo que había pasado.

Yo había permanecido tres meses en el Centro Médico Washington Regional, luego de estar 17 días en coma. Siempre estaba maldiciendo y tratando de quitarme la ropa. Había pasado por mucha confusión y había sufrido una pérdida de memoria total. Ya había tomado todas las terapias: física, mental y ocupacional. Había sufrido un trauma en mi cerebro a los 21 años de edad.

Supongo que fue bueno tener mi brazo izquierdo “atrapado” contra mi pecho, porque podría haber herido a alguien con él. Estuve a punto de ser enviada a un manicomio. Mi mente aún no me deja recordar detalles de esos tres meses en el hospital. Yo sólo sé lo que me han contado, pero agradezco a Dios por su ayuda. Y agradezco al personal del hospital y a mi familia por su cuidado interminable.

Por fin empecé a volver a la realidad cuando fui a Hot Springs. Esa es la única forma en que puedo describirlo. Fui como una niña otra vez. Tuve que aprender a comer de nuevo y a vestirme sola. Tuve que aprender a ir al baño y bañarme sin ayuda. Pero aprender a caminar de nuevo sería la parte más difícil.

Cuando me hicieron terapia física en Hot Springs vimos un video que habían grabado de mi en Little Rock.  Pasé de casi no poder sentarme en una silla de ruedas a yo misma usar un caminador. “Así no, pon tu pie plano sobre el piso. Estás corrigiendo demasiado”, decía mi terapista. Mi equilibrio era mi mayor problema. Mi pie izquierdo siempre se voltea de lado. Tuve que empezar a usar un aparato ortopédico y todavía tengo el mal hábito de querer caminar en puntillas.

Mi capacidad para comuncarme con los demás también ha mejorado. Incluso aprendí a mecanografiar de nuevo. Cuando sólo podía usar mi mano izquierda llegaba a escribir hasta seis palabras por minuto. Me volví más consciente tanto física como mentalmente de mi vida y mi entorno. Incluso asistí a una clase de repaso en el Garland County Community College. Tomé escritura inglesa y mi calificación fue A. No obtuve créditos para mi carrera, pero A es A.

Aunque caminar es la parte más difícil, le agradezco al Señor por no estar confinada a una silla de ruedas. Siempre tendré que usar una andadera y un bastón. No me gradué de la universidad cuando debería haberlo hecho, pero regresé y me gradué en diciembre de 1992 y fui a la ceremonia de grado usando sólo mi bastón. Lo mejor de todo, fue que la gente se paró para aplaudirme. Fue uno de los momentos de mayor orgullo en mi vida.

Aún no he encontrado mi trabajo ideal copiando y editando, pero trabajo en el Elizabeth Richardson Center en Springdale. Esto no afecta mi cheque mensual por discapacidad porque no gano mucho. El trabajo cambia ocasionalmente, pero durante los últimos seis años ha sido prácticamente lo mismo: romper y guardar las marcas con los precios de Wal-Mart. Gracias a Dios, por fin me compré un walkman y puedo tener los CDs de George Strait conmigo. Esto me ayuda a romper la monotonía del trabajo.

Tengo un mentor en mi trabajo que me está ayudando a buscar un trabajo en el mundo real. Pero hay muy pocos trabajos disponibles y no muy seguido. Sé que Dios me tiene guardado algo especial. Debe haber una oportunidad esperando por mí en algún lugar desconocido del horizonte. Seguiré creyendo en mi misma porque “puedo hacer cualquier cosa a través de Cristo, que me fortalece”.

 

Traducci—n de Natalia Pizarro

 

 



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